"Los suicidas del fin del mundo", Leila Guerriero
Se trata de un libro que aborda la problemática vivida a finales de los años 90 en la localidad de Las Heras, Santa Cruz, cuando se dio una seguidilla de suicidios juveniles. La periodista Leila Guerriero se fue para allá en el 2002 y escribió esta crónica, un libro que acaba de ser reeditado después de veinte años.
Al finalizar la lectura, me quedó un gusto ambiguo.
Por un lado, la temática elegida y el trabajo de investigación y recolección de voces es brillante, sumado al hecho de que la escritora pone el cuerpo al pasar unos cuantos días en esas desoladas tierras en medio de conflictos piqueteros y políticos que también quedan retratados en el libro. Esta crónica alimenta el pecado colectivo de la morbosidad, al convertirnos en voyeurs de aquellas tragedias: la descripción del cuarto donde se mató un joven, las palabras de la madre de otro, el relato pormenorizado de cómo encontraron el cuerpo de alguien, sus últimas palabras. Destaco la transcripción literal de las conversaciones sostenidas con parientes y amistades de las personas que se suicidaron: a través de ellas se tejen biografías, recorridos, historias de un territorio hostil, se recrea una atmósfera que podemos sentir opresivamente cercana. Como un caleidoscopio, las historias van construyendo un cuadro donde el viento, la desolación y los problemas de familias disfuncionales se erigen como pilares.
Ahora bien, la cuestión de la ambigüedad percibida se debe a la forma en que está escrito y articulado el libro. No puedo dejar de asombrarme de los elogios en la solapa de la edición de Tusquets que elevan a Guerriero a la categoría de una de las mejores periodistas de Latinoamérica. Si bien no soy lectora asidua de textos no ficcionales escritos por periodistas, estoy en condiciones de detectar ese tono espectacular, un poco ampuloso, que muchos colegas usan, lo que genera frases muchas veces efectistas (uso de metáforas o adjetivaciones que recargan la prosa) y algunas otras francamente confusas (más que nada, por ser hiperbatónicas). También hay algún que otro pifie en cuanto a los tiempos verbales de la narración base (a veces se usa el presente, cuando en general se optó por un pretérito) y al tono de la narración: a veces, la periodista viene narrando en tercera persona y pasa a un estilo indirecto libre. Hay todo tipo de pequeños errores de redacción, a veces, no mucho, nada grave. Pero esta suma de pequeñas desprolijidades me entorpecieron mucho la lectura. Encima, en cuanto a la organización global, me pareció que hay fallas en cuanto a la progresión narrativa: todos los casos fueron despachados uno tras otro (siguiendo la cronología de las muertes) de un modo un poco confuso por la cantidad de protagonistas (nombres, apellidos, fechas a granel), las idas y vueltas en los testimonios de quienes fueron entrevistados (cada uno contó su biografía), la información histórica insertada y la narración de los días que la autora vivió allá. Advierto que, por todo esto, la obra no está bien estructurada. Creo, además, que se abusa un poco del recurso narrativo del delayed revelation (revelación diferida), si no es que me equivoco en la definición. Todo bastante confuso.
Por otra parte, el desarrollo de las hipótesis sobre lo sucedido me pareció pobre, apenas se destina una página a enumerar las posibles causas. No pude ver profundidad en ninguna de las hipótesis planteadas o grandes revelaciones en cuanto a lo sucedido por aquellos días. Como dije anteriormente, sí me sirvió para darme un auténtico pantallazo sobre la realidad en un pueblo de la Patagonia argentina y la diversidad de duras historias personales que por allá desfilan, lo cual no es menor. En cuanto al desarrollo de la temática elegida, me pareció que se apelaba al golpe bajo en varias ocasiones y que no se ahondaba en las hipótesis.
De todos modos, más allá de las dificultades personales que tuve con el texto, me quedo con el sabor amargo que fue capaz de dejarme: logró trasmitirme la sensación de opresión que se vive por aquellos lares y me hizo pensar en ese "jardín de gente", descuidado y alejado de la mano de la justicia.
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