Reseñas sobre "Hotel Iris", de Yoko Ogawa

 

Traducciones de Carolina Contino


"Envuelta en esta sombra para siempre", por Valerie O'Riordan


    Yoko Ogawa ha publicado más de veinte libros en su Japón natal, pero de momento muy pocos de ellos están disponibles en inglés. Esto me da ganas de salir corriendo a aprender japonés ahora mismo, solo para ponerme al día. Reseñé La fórmula preferida del profesor aquí mismo en mayo de 2010 y comenté entonces el estilo sutil y poético de la autora; si alguno de ustedes llegó a leer ese libro, reconocerá la misma precisión cuidadosa y simple en Hotel Iris. Mientras que en La fórmula preferida del profesor funcionaba para resaltar la tragedia de la vida de los personajes sin convertir el asunto en un melodrama sensiblero, el efecto en Hotel Iris es presentar una relación sexual sadomasoquista en términos que introducen al lector suavemente en la situación, de modo que los detalles —la violencia y la compleja psicología de las interacciones de los personajes— se plasman por completo sin que la narrativa caiga en el sensacionalismo gratuito.

    En resumen, Mari, de diecisiete años, trabaja en el decadente hotel costero de su familia. Sin amigos ni novios de su edad, su vida está dominada por su madre, una mujer impaciente y controladora cuyo esposo —el muy querido padre de Mari— murió nueve años antes, tras ser dado por muerto en un callejón después de una pelea de taberna. Cuando un huésped anciano tiene un altercado con una prostituta en una de las habitaciones del hotel, Mari se siente intrigada, y cuando más tarde se tropieza con él en el pueblo, se embarcan en un romance sadomasoquista secreto. Mari comienza a explorar la vida fuera de los confines del Hotel Iris y de la influencia de su madre.

    Ogawa no elude los detalles más brutales de su historia. En la privacidad de su aislada casa en la isla, Mari y el anciano —Mari, la narradora, se refiere a él únicamente como "el traductor"— representan escenas sexuales violentas en las que la joven es atada, golpeada, azotada, asfixiada y recibe órdenes, mientras su compañero permanece cuidadosamente vestido y (en su mayor parte) sereno en todo momento. Quizás no sea fácil de leer, pero también es sorprendentemente tierno, porque el afecto, el placer y la solicitud de Mari hacia el traductor nunca disminuyen. Ella relata cómo se estremece al oírlo darle órdenes y cómo anhela que la ate con una cuerda; él la estrangula con una bufanda y ella "quería quedarse envuelta en esta sombra para siempre". A pesar de la violencia, el placer de Mari y su confianza en que se encuentra en una situación segura y deseable se transmiten al lector; en lo personal, estaba más preocupada por la posibilidad de que su romance fuera descubierto e incomprendido que por lo que pudiera pasarle a Mari durante uno de los juegos de rol (a pesar de que no se mencionaba ninguna palabra de seguridad). 

    En lo que respecta a textos con contenido sexual explícito, a pesar de su intensidad, esto nunca se sintió voyerista ni innecesario; más bien, el papel sumiso de Mari en la relación se leía como una alternativa empoderadora a su otra vida como sirvienta de su madre, porque en esta situación ella es capaz de adoptar su propia posición en la dinámica de poder y disfrutarla, en lugar de sentirse oprimida y desatendida, como le ocurre en el hotel. Y, de hecho, aunque se refiere con frecuencia a su propio placer, no hay ninguna mención explícita a la penetración sexual en absoluto; la única escena sexual definitiva en la novela no involucra al anciano, excepto por la conciencia que tiene Mari de su ausencia. Está muy claro que lo que ocurre entre ellos es consensuado, realizado por voluntad propia y deseado por ambas partes; esto no es un caso de abuso sexual ni una dinámica de poder desequilibrada.     En público o ante testigos, el traductor se muestra ansioso y meticuloso, inseguro de sí mismo y muy solícito con el bienestar de Mari. Las cartas que le escribe son vacilantes y tiernas, y el deseo de ella por complacerlo es amoroso en lugar de temeroso, desesperado o ingenuo. Estoy segura de que muchos lectores se sentirán incómodos con el texto debido a su franca descripción de prácticas sexuales que a menudo son tergiversadas, incomprendidas o condenadas con demasiada rapidez, pero también creo que Ogawa ha logrado retratar la psicología de una relación de BDSM de una manera muy clara, por lo que sería difícil cerrar el libro sintiendo que el traductor se aprovechó de la inexperiencia de Mari. Más bien, muestra a una pareja lo suficientemente afortunada como para encontrarse y satisfacer los deseos del otro, permitiendo que la joven finalmente abrace su propia independencia.

    Estructuralmente, aquí no hay grasa que recortar; con 164 páginas (una novela corta), la prosa de Ogawa es tensa y directa al grano. Cada descripción —la casa del traductor, el hotel, el clima, los bancos de peces muertos que llegan a la orilla— construye una atmósfera de claustrofobia y amenaza que solo se libera en el éxtasis de Mari cuando está a solas con el traductor. La propia historia del traductor se cuenta con detalles escasos y conmovedores: la muerte de su esposa, su relación con su sobrino mudo y su habitual solemnidad lo hacen parecer simpático en lugar de depredador. La incapacidad del sobrino para hablar refleja la falta de poder de Mari en su vida diaria y su incapacidad para expresar sus propios deseos en cualquier compañía que no sea la del anciano. El trato despectivo y cruel de la madre hacia su hija evoca una especie de estereotipo de madrastra malvada de cuento de hadas, pero la historia de su viudez, su esposo alcohólico y su lucha por mantener el hotel a flote contrarrestan un poco eso, de modo que, aunque es claramente la villana de la historia, sigue siendo tridimensional y (casi) comprensible. La alegría y el triunfo de Mari al ver expuesta su propia "fealdad" mientras el traductor la humilla, contrarresta y neutraliza la insistencia de su madre en controlar la apariencia de su hija, y cuando el traductor le corta bruscamente el cabello a Mari, es un verdadero momento de triunfo, ya que sabemos que la madre se verá obligada a reconocer la existencia adulta e independiente de su hija. Es interesante, también, que Mari sea el único personaje que tiene nombre; ella se refiere a todos los demás por su profesión (traductor, empleada doméstica) o por su relación con otra persona (madre, sobrino). Esto le otorga a Mari un grado de poder y autonomía que se le niega al resto, por muy dominantes que parezcan inicialmente; y, a medida que se desarrolla la historia, ella resulta ser la única con el potencial de trascender unas relaciones sociales y familiares particularmente restrictivas.

    ¿Vale la pena? Absolutamente. Es corta pero realmente contundente. Si te da un poco de reparo leer algo con un contenido sexual y psicológico tan fuerte (y potencialmente aterrador), te insto a que respires hondo y lo intentes de todos modos; es realmente hermosa y tierna, y el lenguaje es tan simple y elegante que es un auténtico placer leerla.


Fuente: Bookmunch


Fotograma de la versión fílmica



Reseña de Hotel Iris por Kassie Rose en The Longest Chapter, 


    Recomendar una novela perturbadora es complicado. Incluso si está bellamente escrita y es psicológicamente acertada, no es fácil guiar a un lector hacia una excelencia que puede ofender, disgustar u horrorizar. Para Hotel Iris, haré sonar la campana de precaución desde el principio. Se trata de una narración exquisita y sobria en su máxima expresión, y en el centro se encuentra una relación sadomasoquista entre una joven de 17 años y un traductor de ruso de unos 60 años. Sus escenas íntimas son impactantes y brutales.

    El Hotel Iris ofrece alojamiento descuidado en un centro turístico costero de Japón. Aquí, la hermosa Mari, de 17 años y reprimida narradora de la novela, atiende la recepción bajo la mirada vigilante de su regañona madre. Una noche, una prostituta sale corriendo de una habitación de huéspedes, gritándole al traductor, quien le devuelve el grito, ordenándole que se calle. Mari describe su hermosa voz dando una orden como "casi serena, como la nota hipnótica de un violonchelo o un cuerno".

    Dos semanas después, ella ve al traductor mientras hace las compras de su madre y lo sigue. Sentimos cómo lo busca, a este hombre misterioso y tímido que viste un traje de lana inmaculado incluso en los días más calurosos. Él se da cuenta de que Mari lo está siguiendo y la interroga. Este traductor sin nombre es amable y galante con Mari y, tras este primer encuentro, le escribe cartas. Ella se siente cautivada por la cuidadosa atención que él le brinda. En la privacidad de su hogar, esa atención se vuelve sexual y la somete a la sumisión. En una intimidad física pervertida, ambos satisfacen las necesidades del otro: la humillación (Mari) y la dominación (el traductor). Ninguno es una víctima; ambos están dispuestos y deseosos, y ambos se sienten tristes al despedirse.

    Yoko Ogawa permite desde el principio de la historia que reconozcamos el placer de Mari en el dolor como un anhelo arraigado en el odio a sí misma, originado por el desprecio de su madre y la ausencia de su padre. Sin embargo, durante la mayor parte del libro no sabemos por qué el tímido traductor se vuelve cruel en la intimidad, hasta que Ogawa revela cómo perdió a su esposa en un trágico accidente. La pieza del rompecabezas encaja en su lugar, y de manera excepcional, podría añadir, ya que Ogawa no declara la respuesta explícitamente. Se nos da la información para que saquemos la conclusión nosotros mismos, de modo que comprendamos con mayor eficacia el comportamiento del traductor.

    Resulta perturbadora pero, al mismo tiempo, Ogawa escribe Hotel Iris con una prosa prístina que, por su persuasiva sencillez, nos obliga a entrar en ese otro mundo oscuro. Aun así, en el umbral de las escenas íntimas, dudé, y luego finalmente avancé seguro del talento y la compasión de Ogawa. Su percepción del comportamiento humano es aguda y sin concesiones.

    Ogawa es una autora popular en su Japón natal, donde sus libros han ganado los premios literarios más prestigiosos de ese país. Hotel Iris y otros dos (entre sus 22 libros) han sido traducidos al inglés por Stephen Snyder, profesor de Estudios Japoneses en el Middlebury College. La fórmula preferida del profesor fue mencionada en TLC el año pasado. Esta también narra la conmovedora historia de una relación improbable.


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