Se trata de una novela muy corta, muy ágil y concisa. En ella, se aborda el tema de un niño aristócrata con cierto retraso heredado de su padre (una figura anodina sin voz ni voto), querido por su Fraulein, tolerado por su abuela baronesa y sistemáticamente denigrado por su propia madre, una frustrada burguesa. Aparece también un maestro de escuela comunista, en cierta parte idealizado. Estos personajes son típicos de la obra del autor Nobel, así como también lo son los temas tratados: la indefensión ante el mal, la sordidez moral, la decadencia social, los seres desgraciados e infelices en los cuales brilla una luz de humanidad. Si bien la tesis de la obra es en cierto modo atractiva y se nos presenta cierto delineamiento psicológico de los personajes, no deja de resultar maniquea y simple para un lector contemporáneo, al ahorrarse la profundidad en estas cuestiones. Personajes como el de la madre, en los que tan claramente se encarna el mal, pueden resultar inverosímiles en ciertos pasajes o exagerados. El texto emana tristeza y desesperanza a través de una historia simple llevada adelante por tipos bien definidos y sin matices. El final es propio de esta suerte de historia con moraleja.
Una lectura recomendable si queremos conocer la obra de un escritor de la talla de Mauriac, pero no una novela capaz de generar asombro estilístico o temático para ciertos lectores más exigentes.
NOTA: En una entrevista publicada en 1953, explicaba Mauriac el sentido de su escritura:
“Soy un metafísico que trabaja sobre lo concreto. Trato de hacer perceptible, tangible y oloroso el universo católico del mal. Los teólogos nos dan una idea abstracta del pecador. Yo lo doto de carne y hueso. Cada novelista debe inventar su propia técnica y esa es la verdad. Toda novela digna de llamarse tal es igual que otro planeta, grande o pequeño, que tiene sus propias leyes, así como sus propias flora y fauna”.
Comentarios
Ver el texto aquí, me acerca a la relectura, al entendimiento a través de otro de aquello que me hizo experimentar en carne propia el alma de un imbécil. Es conmovedor.
Por supuesto lo que tatuó mi alma fue Arlt (7locos y lanzallamas). Pero Mauriac y Unamuno, en lo que implica de teatro la literatura, son personajes de Arlt, de mi alma que leyó.