"La experiencia de la humanidad en la Tierra siempre cambia en la medida en que el hombre se desarrolla y debe lidiar con nuevas combinaciones de elementos; el escritor que quiera ser más que el eco de sus predecesores debe siempre encontrar la expresión para algo que nunca haya sido expresado, debe ser capaz de dominar un nuevo conjunto de fenómenos… Con cada victoria del intelecto humano así, ya sea en historia, filosofía o poesía, experimentamos una satisfacción profunda: hemos sido curados del dolor causado por el desorden, aliviados de una parte de la opresiva carga de eventos que no comprendemos”.
Edmund Wilson

23 mayo 2018

"La comemadre", Roque Larraquy

La pregunta es: ¿por dónde empezar a hablar de una novela que es absolutamente novedosa y original?
Primero y principal, tengo que decir que me ha dejado fascinada.
Se trata de una opera prima, además. Imposible pensar que un escritor (Larroquy: Buenos Aires, 1975) pudiera empezar mejor.
El texto se estructura en dos partes, en apariencia bastante disímiles, pero unidas por la misma tensión entre perturbación e ironía (combinación sumamente disfrutable). 
La extensa primera parte nos sitúa en el hospital Temperley, en 1907. Creando una atmósfera bastante atemporal, se nos presenta a un grupo de médicos que están inmersos en un descabellado proyecto: pretender acceder a información de la mente humana más allá de los límites de la vida. 
Con un tono de fina comicidad o de grueso humor negro (que se acrecienta en la segunda parte, virando hasta prácticamente el absurdo) el texto se presenta como el diario/documento escrito por Quintana, el más lúcido de esos médicos. Si bien el coro de personajes es masculino (recordándome por momentos a alguna novela de Marechal y algo también a Bioy en cuanto al clima creado), se destaca la figura de la pétrea jefa de enfermeras, que tiene un rol primordial en cuanto a las relaciones de poder de ese grupo.
Ya en la segunda parte, el texto también está escrito en primera persona: las notas que le envía un artista vanguardista a quien está escribiendo una tesis sobre él. Esta parte, contemporánea, abunda en guiños sobre el arte conceptual.
Toda la novela es absolutamente atractiva; Larroquy se calza a la perfección el rol de maestro de ceremonias narrativo: te engancha y no te suelta, de principio a fin, ofreciendo una narración relajada, ágil y a la vez de una inusitada densidad. El texto tiene resonancias que quedan flotando más allá de la lectura: promueve simpatías, asociaciones, reflexiones, genera sensaciones. En definitiva, cumple con todo aquello que nos hace amar el acto de leer. Encantada de haber llegado a ella, por pura casualidad.


Reseña que incluye entrevista al autor, en Página/12

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