"La experiencia de la humanidad en la Tierra siempre cambia en la medida en que el hombre se desarrolla y debe lidiar con nuevas combinaciones de elementos; el escritor que quiera ser más que el eco de sus predecesores debe siempre encontrar la expresión para algo que nunca haya sido expresado, debe ser capaz de dominar un nuevo conjunto de fenómenos… Con cada victoria del intelecto humano así, ya sea en historia, filosofía o poesía, experimentamos una satisfacción profunda: hemos sido curados del dolor causado por el desorden, aliviados de una parte de la opresiva carga de eventos que no comprendemos”.
Edmund Wilson

09 julio 2014

"Las poseídas", Betina González

Foto de tapa


Se trata de una novela argentina que tiene el mérito de ser (sea lo que sea que esto signifique) la primera obra galadornada por Tusquets escrita por una mujer.
La historia es narrada por una chica que relata los días en que llegó a su escuela de monjas Felisa Wilmer, una muchachita con un pasado y una forma de ser muy particulares.  
Ya desde las primeras páginas se impone el uso de una prosa propensa a la falsa provocación y torcida hacia cierto tipo de intelectualismo previsible, agravada por el hecho de ser una primera persona protagonista. Según las benevolentes palabras del crítico Rafael Fuentes, "combina el sarcasmo ácido con un tono luminosamente elegíaco, en una sabia fusión de registros que da como resultado un fluido y placentero estilo personal". 
Cuando nos adentramos en la trama encontramos todo aquello que podía esperarse de este tipo de textos: personajes inverosímiles por el nivel de sus parlamentos y acciones (adolescentes que filosofan al mismo tiempo que se sumergen en profundidades y dolores metafísicos al mejor estilo de los insufribles personajes de Sábato) y una suma de situaciones tan singulares como singulares pretenden ser los protagonistas. Creo que no hay peor cosa para mí que encontrarme ante esta clase de impuestas singularidades, ante personajes que se autoproclaman rara avis (o "el síndrome del personaje egocéntrico"). A mí me hizo acordar, puntualmente, a otra novela que no me gustó para nada: Acerca de Roderer, y de manera general a muchas obras de autores contemporáneos a Gonzalez, argentinos también y, curiosamente, de gran prestigio. 
Desde un punto de vista "maldito", van apareciendo todos los lugares comunes: oscuridad, rebeldía, demencia, angustia, soledad, frasecitas sentenciosas y hasta anticlericalismo (¿no les parece que el tópico atrasa?). Por otra parte, me pareció que las protagonistas son demasiado parecidas entre sí, no existe un equilibrio en la configuración de estos personajes (creo que la novela hubiera ganado mucho si la primera persona narradora hubiera sido mucho más neutra, en lugar de competir con la figura de Felisa). La acumulación de hechos extraños a la cotidianeidad son excesivos: una monja que se escapa con el papá de una alumna, un viejo exhibicionista que se aparece en las afueras del colegio, la leyenda de una huerfanita asesinada, la desaparición de una nena, un intento de suicidio, unos episodios de corte sobrenatural... todo parece demasiado escabroso, demasiado condensado en tiempo y espacio como para lograr verosimilitud o al menos generar un mínimo suspenso. Hay también escenas de sexo (intentando una provocación?). Y por si fuera poco, hay lugar para algunas referencias a la última dictadura militar.
Destaco algunas imágenes, como las fotografias descriptas en algunos pasajes y la atmósfera por momentos muy bien lograda que nos transmite la vulnerabilidad de los menores y las muchas maneras en que estos pueden ser abusados.
Si bien la crítica fue muy elogiosa hacia esta obra, yo la recomendaría solamente a esos chicos del secundario que escuchan post hardcore o a los estudiantes de primer año de Letras, si es que no tienen otra cosa mejor a mano. 

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