"La experiencia de la humanidad en la Tierra siempre cambia en la medida en que el hombre se desarrolla y debe lidiar con nuevas combinaciones de elementos; el escritor que quiera ser más que el eco de sus predecesores debe siempre encontrar la expresión para algo que nunca haya sido expresado, debe ser capaz de dominar un nuevo conjunto de fenómenos… Con cada victoria del intelecto humano así, ya sea en historia, filosofía o poesía, experimentamos una satisfacción profunda: hemos sido curados del dolor causado por el desorden, aliviados de una parte de la opresiva carga de eventos que no comprendemos”.
Edmund Wilson

16 diciembre 2012

"Que empiece la fiesta", Nicolo Ammaniti


Pollock

Es una novela divertidísima, la leí con una media sonrisa permanente y en algunos momentos, con sonoras carcajadas.
Es un texto de más de tresceintas páginas que plantea una suerte de caricatura de la sociedad actual que vive para el afuera y la simulación. Situada en Roma, tiene dos protagonistas principales: Saverio/Mantos, líder de una patética secta satánica y Fabrizio Ciba, escritor narcisista, histérico y de moda. Ambos personajes están muy bien logrados, son tipologías reconocibles, realistas, aún en sus vaivenes.
El texto se encuentra dividido en cuatro capítulos. El primero ("Génesis"), se vuela entre las manos: fresco, dinámico, divertido, ácido, con un tono de parodia simple pero efectivo. Tiene ese tono abiertamente caricaturesco de La conjura de los necios y de otros tantos escritores norteamericanos del estilo. El segundo capítulo continúa en esta línea, pero se advierte un in crescendo (no del todo parejo, hay que decirlo) del absurdo. Situados en la fiesta propiamente dicha, se desarrolla una grotesca jornada hiperfrívola en la que no faltan ninguno de los personajes previsibles y parodiables del jet set de un país globalizado. Muy fílmica y logradísimo el buen ritmo de algunas escenas. Aquí, ya aparecen algunas líneas de humor negro que, en lo personal, me parecen no muy bien integradas a la trama, como pinceladas sueltas que quedan un poco desubicadas.
El tercer capítulo ("Katakumba") me remite a Cesar Aira y sus desquicies impredecibles donde todo puede pasar, con la diferencia de que, en esta novela, el giro que se le da a la historia me parece innecesario, un tanto inverosímil en el contexto dado y más que nada desequilibrado, ya que termina de atentar contra la arquitectura global de la obra, que de por sí no venía del todo sólida. De aquí en más, la novela pierde un poco el norte: el absurdo, la crítica, la acidez, el humor negro se entremezclan de manera poco homogénea. Y nos dejamos llevar por lo narrado, divertidos, pero sintiendo claramente que lo contado alcanza para dos o tres historias autónomas; como si hubiera un plan de obra que no hubiera sido respetado y fueramos víctimas de similar hecatombe que la referida en el texto. Me parece que con todo lo que hay en la novela (a nivel temático y a nivel escritural) y con las potencialidades que quedan por ahí, se podría haber logrado una obra mucho más orgánica y efectiva.
Apenas políticamente incorrecta, una lectura recomendable como ocio de verano, para pasarla bien y no pensar mucho. O para regalar a ese amigo descontracturado que se quiere llevar un libro a las vacaciones.

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