"La experiencia de la humanidad en la Tierra siempre cambia en la medida en que el hombre se desarrolla y debe lidiar con nuevas combinaciones de elementos; el escritor que quiera ser más que el eco de sus predecesores debe siempre encontrar la expresión para algo que nunca haya sido expresado, debe ser capaz de dominar un nuevo conjunto de fenómenos… Con cada victoria del intelecto humano así, ya sea en historia, filosofía o poesía, experimentamos una satisfacción profunda: hemos sido curados del dolor causado por el desorden, aliviados de una parte de la opresiva carga de eventos que no comprendemos”.
Edmund Wilson

20 junio 2011

"El conformista", de Alberto Moravia

"El conformista" comienza de manera sórdida, interesante y prometedora.
La narración es lineal durante toda la obra, contada en 3º persona con perspectiva desde el protagonista, Marcello Clerici (por momentos es casi un estilo indirecto libre). Presenta una estética cinematográfica muy bien lograda, que nos permite dibujar las escenas hasta en sus más pequeños detalles, sin que esto le quite frescura a la narración. De hecho, fue llevada al cine nada más y nada menos que por Bertolucci.


Se trata de un texto ágil y llevadero. Se presentan muy buenos retratos de lugares, personajes y hechos que logran capturar la situación completa.
La historia comienza en torno de un "niño" (está retratado como tal, pero más adelante nos enteramos de que cuenta con 13 años), inserto en una familia completamente disfuncional, que lleva a cabo algunas acciones que lo hacen sentir que no es normal. Luego, hay un salto temporal de unos 15 años y nos encontramos con que el protagonista de la historia ha hallado su propia manera de conjurar esta "anormalidad" que lo obsesiona: esto es, volviéndose un ser en todo semejante al resto aún en los bajezas que, como empleado del Estado, se le pide que haga en nombre de defender a la patria: la Italia de Mussolini. Marcello es capaz de obrar por una suerte de inercia que lo inclina hacia el lado de lo que advierte como normal, es su única manera de defenderse del caos interior. El eje "normalidad/anormalidad" signa toda la obra, quizás de un modo un tanto reiterativo y demasiado explícito en cuanto a su presentación formal.
La novela me ha presentado dos importantes escollos, el primero de ellos relacionado a la ideología que sostiene la obra. Una de las partes que me hizo ruido, fue la manera en que retrata al antifascismo (a través de la figura de su ex profesor Quadri exiliado en París)1.
Por otra parte, dentro de la estructura de la obra hay una barrera infranqueable que es la inverosimilitud de muchos hechos narrados: desde codazos casuales por el movimiento de un tren y aproximaciones del estilo, hasta el giro que da la trama en el final, de tono casi descabellado. Demasiadas casualidades como para ser creíble. El mismo tono se le puede adjudicar a historias telenovelescas como la vivida por la esposa del protagonista o los cuasi pasos de comedia desarrollados en París entre Clerici, su esposa y la esposa de Quadri. Esto hace que en distintos momentos de la historia narrada la acción roce la comicidad sin proponérselo.
Por eso, si bien rescato el hecho de que se nos muestre tan triste y claramente hasta qué punto las individualidades y motivaciones psicológicas le son funcionales a los autoritarismos (rozando el prototipo del idiota útil), esa veta inverosímil citada anteriormente ha teñido de gris mi lectura de la obra, sin permitirme internar del todo en la ficción propuesta.

1. VER el artículo: "La compleja relación de Moravia con la política"

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