"La experiencia de la humanidad en la Tierra siempre cambia en la medida en que el hombre se desarrolla y debe lidiar con nuevas combinaciones de elementos; el escritor que quiera ser más que el eco de sus predecesores debe siempre encontrar la expresión para algo que nunca haya sido expresado, debe ser capaz de dominar un nuevo conjunto de fenómenos… Con cada victoria del intelecto humano así, ya sea en historia, filosofía o poesía, experimentamos una satisfacción profunda: hemos sido curados del dolor causado por el desorden, aliviados de una parte de la opresiva carga de eventos que no comprendemos”.
Edmund Wilson

13 abril 2011

"El volante", Aira

"El volante" es una novela cortísima a pesar de lo cual, tuve que remontar su lectura varias veces. Empieza bien. Un mero volante para anunciar clases de expresión teatral en el barrio de Flores se termina expandiendo ad infinitum por la primera persona (una chica de 24 años). Las primeras páginas de la obra, con el cúmulo de disquisiciones de la joven profesora de teatro, salpicadas de datos autobiográficos, son una muestra bastante bien lograda de la digresión disparatada; se presenta ameno, engancha, genera sonrisas y complicidades. Hasta que llega el punto en que nos preguntamos: "¿Qué más va a decir sin empezar a narrar?". Y ahí es cuando se da el golpe de timón que saca de combate (por lo menos para mí) a la novelita. Resulta que la chica adopta para sus clases el seudónimo de Lady Barbie. Y entonces viene la explicación sobre el por qué del nombre. La explicación se diluye en la renarración de una novela que la protagonista leyó y por la cual se sintió cautivada. Es decir, todo lo que sigue (hasta el final) es la transcripción de esa "novela", aunque el artefacto aludido, a juzgar por la extensa y enrevesada trama que desarrolla, se aleja bastante de este tipo de texto. Para resumir, las descabelladas andanzas de la impasible Lady Barbie en la India.
Como lectora, hice un gran esfuerzo por tomar el hilo del absurdo, por asir las ironías, por divertirme con lo disparatado (y casi surreal) de una trama que hace todo lo posible por derrapar hacia ninguna parte. Escritores, un concurso literario, elefantes, flores, enmascarados, amores, aristócratas... todos en tropel y desorden, sin lugar alguno para la construcción de sentido (ya sea alegórico, paródico, irónico, intertextual o cualquier otro). Incluso en muchas partes, es como si el autor hubiera jugado a cohesionar el escrito dejando adrede la coherencia de lado. Todo esto condimentado con las típicas reflexiones de Aira que suelen parecer vacías y que en este caso, lo son. Presumo una falta de balance y teleología muy notoria, que le imprime al texto una marca demasiado pesada como para ser digerido con interés o placer.
Es la primera vez que me pasa con Aira: me aburrí muchísimo, al punto de que llegué al final saltando partes. La "sonrisa seria", que según la contratapa es el eje de la historia, es la que me quedó a mí después de esta antipática experiencia lectora, confundida por tratar de discernir si la novela es una gran tomadura de pelo o yo perdí la capacidad de divertirme.

1 comentario:

Daniel Paredes dijo...

A mí me pasó algo similar con "La guerra de los gimnasios". A pesar de que tiene pocas páginas, se me hizo interminable.
Un abrazo.