"La experiencia de la humanidad en la Tierra siempre cambia en la medida en que el hombre se desarrolla y debe lidiar con nuevas combinaciones de elementos; el escritor que quiera ser más que el eco de sus predecesores debe siempre encontrar la expresión para algo que nunca haya sido expresado, debe ser capaz de dominar un nuevo conjunto de fenómenos… Con cada victoria del intelecto humano así, ya sea en historia, filosofía o poesía, experimentamos una satisfacción profunda: hemos sido curados del dolor causado por el desorden, aliviados de una parte de la opresiva carga de eventos que no comprendemos”.
Edmund Wilson

07 octubre 2009

“Nadie nada nunca”, Juan José Saer

Muchas veces la literatura hace todos los esfuerzos por erigirse como Literatura, por decir: “Acá hay artificio del bueno, pasen, vean y admiren”. Lamentablemente, la mayoría de las veces no lo logra y por eso tenemos novelas que pasan por pretenciosas. No es el caso de Saer, ni mucho menos de una de las novelas más célebres del autor: Nadie nada nunca.
A nivel argumento (a nivel “historia”) no sucede mucho, sino que es la trama -manera de desentrañar y presentar ese argumento- la que lleva el peso de la novela. Es la forma, más allá de lo que se cuenta, la forma cadenciosa, pausada, voluptuosa lo que nos va arrastrando por las páginas del texto. Y en esos vaivenes de la escritura, una historia con mínimos acontecimientos se nos muestra en toda su complejidad, crudeza y realismo. Creo que Saer logra ponernos cara a cara con la alta Literatura y con sus posibilidades de expresión. La manera en que se desarman frente a nuestros ojos los hechos (que transcurren casi siempre en el mismo escenario, en el lapso de un par de días y con un puñado de personajes) es francamente asombrosa: alteraciones temporales, cambios en los puntos de vista, cambios de narrador, repeticiones idénticas, repeticiones con variaciones… toda una gama de recursos para descomponer esas fotografías de lo real que normalmente nos ofrece la narrativa. Se trata de una escritura caleidoscópica: con apenas un par de elementos puede crear infinitas versiones, a cual más original y novedosa. Y este desplegarse de la historia, de los hechos más pequeños, más allá de configurarse como rotunda reflexión sobre las posibilidades del discurso literario, resulta también una reflexión sobre la existencia misma: sobre el devenir de las cosas y la multiplicidad (inabarcable) en la que estamos inmersos. Una cita basta para resumirlo: "...el presente, que es tan ancho co­mo largo es el tiempo entero" (pág. 54).
Se le agradece a Saer este arte del buen escribir, ya que nos topamos a menudo con muchísimos escritores que intentan ser vanguardistas y sin embargo se quedan en el gesto, en la intención. Desde ya, no es un texto para cualquier tipo de lector, sino para aquellos más sensibilizados con ciertas rupturas estéticas y dispuestos a saborear la escritura con tiempo y paciencia.

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