"La experiencia de la humanidad en la Tierra siempre cambia en la medida en que el hombre se desarrolla y debe lidiar con nuevas combinaciones de elementos; el escritor que quiera ser más que el eco de sus predecesores debe siempre encontrar la expresión para algo que nunca haya sido expresado, debe ser capaz de dominar un nuevo conjunto de fenómenos… Con cada victoria del intelecto humano así, ya sea en historia, filosofía o poesía, experimentamos una satisfacción profunda: hemos sido curados del dolor causado por el desorden, aliviados de una parte de la opresiva carga de eventos que no comprendemos”.
Edmund Wilson

05 octubre 2009

"La doncella del Barón Cementerio", de Eduardo Scott Moreno

La forma de escritura para empezar. En la contratapa de la novela dice que el lenguaje utilizado es barroco. Parece que quien afirma esto tiene muy pocas nociones sobre los estilos estéticos, porque la obra no está narrada en un lenguaje barroco sino en un lenguaje denso y hasta podría decirse anticuado (mucho más notable en las primeras páginas, hasta que arranca “la acción”, de la que tampoco hay mucha). La narración rezuma un agotador enciclopedismo, en la mayor parte de los casos, injustificado y decorativo.

En esta línea, los diálogos son inverosimilísimos, especialmente los que el protagonista (un aburrido francés psicoanalista -que dicho sea de paso, no lo parece en nada ya que el nivel de sus reflexiones es bastante ramplón- en plan pateo de tablero y búsqueda de nuevos rumbos en sitio exótico) mantiene con la coprotagonista, su noviecita haitiana (otra de las chicas de las que hablé en la opinión sobre Abril rojo). Esto constituye una recurrente en la narrativa contemporánea pretenciosa: hacer hablar y filosofar a los personajes –sea cual sea su condición sociocultural- como para no dejarnos olvidar ni por un segundo que estamos leyendo una obra de ficción. También hay diálogos antológicamente malos, como el de la cena del protagonista en la casa del predicador. No es que la tesis que se quiere expresar sea mala, para nada, sólo que el núcleo conceptual de ese intercambio constituye una subestimación a la formación intelectual de un lector de literatura medio. Otra de las protagonistas es una adolescente, también inverosímilmente lúcida que apenas logra aportar alguna que otra imagen interesante sobre Bolivia (según cómo se mire, claro, porque puede caer también en el pintoresquismo).

No hay tensión narrativa, aparece cierto pintoresquismo al “descubrir” Haití y por si fuera poco, tenemos un final feliz que nos deja sin la última posibilidad de redención estética y/o creativa.

La obra sigue el derrotero pseudointelectual del protagonista (que queda delineado en las primeras líneas y no evoluciona), mezclando recuerdos y postales de infancia, que redundan y no aportan nada nuevo.

Por eso, en mi opinión, la palabra que mejor define a la novela, desde todo punto de vista (formal y conceptual) es pretensión. No aporta nada nuevo, aburre y no termina más.

Como la acción está situada en Haití, me gustó la manera tangencial de hablar de Bolivia, dado el caso de que el autor es boliviano. En este sentido, me parece muy interesante el efecto de distanciamiento logrado.

Si leemos la carta adjunta al final de la novela, con la que el jurado dio por ganador del Premio Nacional de Novela a este autor, podemos encontrar motivos que fundamentan el premio y la publicación, pero lamento que estos motivos, si bien pueden resultar válidos en sí mismos, no sean compartidos por un lector de literatura con cierta competencia lectora.

En cuanto a Alfaguara… en el otro post expresaba mi descontento con la editorial. Pero con la lectura de esta nueva novela premiada, me doy cuenta de que pedirles buena literatura es un despropósito: resulta evidente que sus publicaciones se dirigen a un tipo de lector definitivamente virgen.

La otra crítica: no encontré, hay información sobre el premio obtenido, pero no una crítica en extenso de la novela.

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